Corre las cortinas y ven

Dos lenguas a las tres de la madrugada hablan de todo menos del miedo. Se enroscan por entre las experiencias, los placeres, la vida que se ha vivido y lo humano que se vuelve uno con el tiempo y con los años. A esa hora, se conocen, se saludan, se dan la bienvenida y coquetean con una ristra de chispas esparcidas por el colchón. A las cuatro y cuarto, cuando el sueño y los sueños vuelan alto, la debilidad aparece y con ella, la franqueza por mostrar quien realmente se es.

Algunos solo son una espera con los brazos en garras mirando un amanecer. Otros, una anestesia que seda con mucha precisión para ser inmunes al amor. Los pocos, una mudanza que nunca acaba, que tienen todo el salón con cajas de cartón y los abrigos sin colgar porque de un momento a otro se irán.

A esas horas se muestra lo que se quiere, dejando a un lado la inseguridad por la desnudez. No hay ropa que nos tape toda la piel. Siempre, por algún rincón, por alguna perspectiva, por algún recoveco estamos al descubierto y supongo que es tarea del anochecer recordárnoslo bien.

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A las cinco y veintitrés, ya vencidos, y rendidos, y saciados, y adormecidos, pedimos una nana que nos cante cerca del pecho al que acabamos de secuestrar. Un secuestro exprés quizás; o uno por el que vale la pena unos años en la cárcel. Cantamos entre susurros que la habitación se volvió un palacio de cristal con muchas luces y pocas sombras. Que puede ser parte de un trato, una clausura firmada por dos corazones cansados de pelear. Que, con una última estrofa, el mundo se puede terminar allí afuera, no hay prisas ni miedos, no hay nada más certero que ponerse a querer en medio de una guerra llena de mal. 

Y se duermen los cuerpos. Se serenan. Se enfrían. Se amainan. Se apaciguan. Hasta que sale el sol por lo alto de la ventana y se pone a caldear el par de pies que asoman fuera del edredón. Un frío y un calor a primera hora de la mañana que se dan los buenos días, que se preguntan qué tan bien ha sido la noche anterior. Se cuentan, cotillean un poco sabiendo que un chismorreo es el aliño del alma, hasta que los ojos se abren y bostezan.

La habitación llena de luz y un cuerpo, el menos desvelado, que pide un favor:

– Corre las cortinas y ven. Deprisa, que se va el calor.

Y ya, con la ventana a oscuras, entre otros nuevos besos, entre otros nuevos desordenes por el corazón, descubren que no hay cortinas que tape eso. Que no existe nada que cubra el brillo que deja la felicidad.

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FOTOGRAFÍAS: PINTEREST.COM / TEXTO: INFINITY HOPE©

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