Me colé por la gatera

De sobras sabes que mi casa siempre fue otra; otra, atestada de manzanas rojas, tabacos rubios y fronteras negras. Fronteras muy grandes y anchas, que tocaban el cielo y los extremos se me hacían como tramos de muchas carreteras sin final. De sobras, te conoces el camino de vuelta, en la avenida de mi niñez y en la esquina de mi adolescencia. Quizás, no fuera tan bueno conocernos de esa manera. O sí. Todavía no consigo saber si con un poquito más de intriga, el plan hubiera ido sobre ruedas. No lo sé. Ser animales y humanos revueltos tiene sus triquiñuelas. Ser libros abiertos, sin marcapáginas y con las solapas desgastadas que van de mano en mano, tiene sus consecuencias.

¿Cómo cuales? Como, por ejemplo, que tu casa siempre me gustó y terminé por adueñármela. Se me convirtió en hogar a lo poco, no lo pude evitar y aun así, con todas sus puertas cerradas, lo sentí como el espacio más abierto del mundo. De un vistazo, todo estaba tapiado, precintado y oxidado; todo menos un resquicio que se olvidaron de sellar. Allí por dónde no había seguridad ni cerrojos y yo cabía sin demasiado esfuerzo. Mi cuerpo se volvía gelatina amoldable a todo: al mal tiempo, a la escasez, al mal humor e incluso, a las cosas que no debían salir bien pero que terminaban por hacerlo.

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Harta de callejear, de que la pobreza se convirtiera en mi salvadora, de que me arrebataran vidas sin piedad, me colé por la gatera. Por la tuya. Por la que daba a la cocina de madera y a tus interiores a medio amueblar. Años más tarde, sigo entrando por el mismo hueco que me lleva directamente a ti, como un túnel desprovisto de luz pero que irradia claridad.

Tú, te reías de mi maña y de mi astucia de gata por saber entrar muy dentro tuyo sin arañar las cortinas del salón. Nadie consiguió antes pasar un verano, ni dos ni diez, en tu terraza a la sombra de los naranjos y de los cerezos. Mientras, poco a poco, dejando tu humanidad de lado, sentado en una mecedora coja, inhalabas nicotina y leías a dos autores clásicos a la vez. Y, una gata parda agazapada en tus muslos te miraba con las pupilas dilatadas por culpa del calor, la despreocupación y el amor.

No recuerdo la facilidad de la convivencia; la dificultad, en cambio, sí. Tampoco recuerdo la época de transición donde intercambiamos los papeles y terminaste por ser mi gato domesticado que jugaba con los hilos de mis cojines de seda. Te me comías la decoración en vez de comerme a mí. Te me asustabas de los pájaros del exterior sin tener el valor de cazarlos. Te me escalabas por los respaldos del sofá cuando no te prestaba atención. Te me ibas lejos, demasiado, cuando mis cariños se intensificaban.

Y ya solo, cuando media vida me quedó entre tantas desperdiciadas, con mis ovillos y un par de ratones de goma dentro de la maleta, eché el cerrojo a la gatera que tanta vida me dio. Siento que hoy ya no quepo por ella; figúrate como una pequeñez en forma de lección. Regreso a la calle para buscarme por entre los adoquines y los columpios del parque, regreso a la grandeza y me ofrezco a ella prometiéndome no volver a llamar a ninguna otra puerta que no sea la principal.

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FOTOGRAFÍAS: PINTEREST.COM / TEXTO: INFINITY HOPE©
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